
Alguna vez pensé que era mi mejor amigo. Muchas veces asumí que me conocía mejor que nadie en el mundo. Hoy me doy cuenta de que tengo que decirle gracias y chau.
De todas las personas que se nos cruzan en la vida son pocas a las que les apostamos tanto. Yo aposté a que él sería mi amigo hasta las últimas consecuencias, mi cómplice, mi alma gemela y mi polo opuesto.
Nos conocimos en Internet hace siete años. Creo que fue en latinchat. Recuerdo que yo aun tenía la conexión telefónica y las cuentas que llegaban a mi casa eran espeluznantes. Coincidimos alguna vez en el salón de peruanos del chat y nos mudamos al Messenger al poco rato. Gastamos incontables horas nocturnas conversando de lo que fuera. Conectamos ideas como en un juego de ludo en el que todas las piezas encajaban inmediatamente con el extremo de la anterior. Hicimos click.
Creo que viéndolo en retrospectiva era obvio que no llegaríamos a ser una buena pareja. Nuestra complicidad era tan sutil y la química era tal, que la física terminaría por sobrar en algún momento. Yo al menos lo creía así, casi todo el tiempo. Él era más reacio a entenderlo o tenía más fe en un nosotros romántico. Tuvimos mil caídas y recaídas por esas rutas. Nos odiamos, nos gritamos, nos hicimos trizas, pero nunca nos dejamos ir.
Nunca fui lo suficientemente valiente para exponerme de lleno a tener una relación con él, pero siempre quise cultivar eso tan poco común que teníamos. Creo que en el fondo me moría de miedo de perderlo. La verdad es que probablemente lo perdí por ese miedo. Desde el día, si es que hubo uno muy específico, en que se “desenamoró” de mi, nada fue lo mismo. El gran interés por escucharme, aunque fuera la misma historia mil veces, desapareció. El tiempo que le sobraba y las horas de sueño que no le importaban empezaron a ser demasiado importantes. El cariño con que me escribía mensajes de texto o me llamaba para saber si estaba bien, mutó en secas charlas por Messenger, siempre apurados.
Lo que más me ha sorprendido es que haya ocurrido como todo el mundo esperaba que ocurriera. Mil veces me dijeron que mi amistad estaba basada en la expectativa de una relación amorosa, que sin eso no sobreviviría. Me negué a creerlo. Puse todo de mi parte para que no fuera así porque tuve siempre claro que yo a mi Ratón lo quería de otra forma, de otras mil formas. Lo cierto es que no fue suficiente. No quiero decir que esto sea su culpa, porque soy consciente de que tengo muchas culpas acumuladas en el pasado.
Solo quiero decir que me duele tener que decir adiós para no seguir con una pseudo amistad que solo se alimentaba de promesas incumplidas de vernos y algunas charlas cibernéticas. Decir adiós porque ya no quiere escuchar mis quejas sobre mi chamba o mis pésimas ideas sobre cómo solucionarlas. Ya no tiene ganas de trasnocharse por conversar conmigo o darle de comer a un gato callejero que nos deje con la lata de atún vacía y las ganas de darle un hogar. Porque nunca tendremos otro jueves loco de irnos al karaoke tardísimo para salir tempranísimo renegando porque no cantamos lo suficiente.
Al final se ha roto el pequeño hilo que aun nos unía. Dejar de hablarnos es, simplemente, cristalizar lo que ya era evidente. Nos hemos perdido, no somos amigos y no creo que vayamos a serlo. A pesar de ser la persona que más me ha entendido y a la que más verdades le he revelado, no logramos cruzar el charco. Fuiste todo muchas veces para mí. Hoy simplemente me quedo con todas las canciones que musicalizaron nuestra historia. Con Dos en la ciudad y Un vestido y un amor de Fito, con Every little thing she does is magic de The Police, y todas esas que cantamos a gritos en tu carro.
Hemos sido capaces de sacar adelante una gran historia y es evidente que nunca podré escribirla como debería ser escrita.