Mi grito de gol de ayer ha sido un exorcismo. He gritado contra la mala onda y el pesimismo. He gritado contra una semana rara llena de tiempos muertos y sensaciones de vacío. He sido feliz gritando todo mi repertorio de lisuras en el estadio. Nadie me va quitar la sonrisa con la que salí luego de ver un gol arrebatado a la mala suerte, la mediocridad y el derrotismo. Los pincha globos no me van a encontrar hoy así que ni me busquen. La tengo clarísima: no hemos ganado nada concreto en el partido de ayer. Solamente un grito de euforia en miles de gargantas y una sensación de decencia deportiva que en otros deportes vemos siempre pero que en el fútbol extrañábamos.
El fútbol es un juego. Pero debe ser el juego más apasionante que se haya inventado. Noventa minutos en los que se pueden contar mil historias en las que no siempre el más fuerte tiene que ganar. Historias en la que un solo hombre puede emocionar a miles solo por ponerle un poco más de coraje a lo que hace. Ayer no dije una de esas frases horrendas y melosas de los comentaristas de canal 4 o 9. No pensé ni por un segundo que el empate tiene sabor a victoria. Simplemente sentí que la vida es tan fea, tan dura y tan complicada que noventa minutos de emoción y veinte segundos de alegría explosiva no pueden rechazarse.
Después de dos meses de no escribir ni una línea he decidido escribir. He decidido también empezar a ponerle más huevos a la vida. Porque en este momento siento que quiero correr como corrió ayer el Loco Vargas por la banda izquierda y rebelarme contra tanta monotonía y sacarme de encima la modorra. No pienso seguir mirando desde la banca cómo la vida la viven los otros mientras yo corro del trabajo a la universidad y a la cama sin ningún otro motor que cumplir con lo que TENGO que hacer.
Creo que voy a desintoxicarme del mal humor y del escepticismo. Voy a darme la oportunidad de que me digan monga por creer en cosas difíciles, por ver películas que terminan en el típico final feliz y por escuchar canciones pegajosas que prometen que todo te irá bien. La verdad últimamente la gente que se dice inteligente tiene esta onda de que hay que ser REALISTA. Y REALISTA significa vivir sin ninguna emoción por nada, renegando de todo y evitando cualquier experiencia no grata o trabajo interior. Nada de estarse analizando o pensando en ilusionarse con posibilidades de cosas poco factibles.
La verdad es que ya me ha dado reverenda flojera seguir todas esa indicaciones de la persona racional y exitosa. Me da la gana de dejarme soñar un poquito y pensar que a veces puede ser rico gritar Sí se puede en un estadio y realmente creerlo. Y dejar de pensar que la vida es solamente un conjunto de cosas que uno hace con el objetivo de conseguir otros objetivos que son recontra importantes para ser exitoso, platudo y respetado en la vida. Me provoca meterme a clases de baile, ir al teatro, a la playa a tirar piedritas y a nadar con los lobos de mar por no sé qué isla de la costa limeña.
Y quiero cagarme de risa en el micro, después de estar parada desde Primavera hasta la Brasil. Quiero hacerme la loca cuando sea 2 de septiembre y en mi cuenta queden treinta lucas y tenga que esperar la quincena comiendo pan con pan. Porque de vez en cuando debería estar bien ignorar las cosas que nos salen mal y enfocarnos en las cosas pequeñitas que nos pueden salir bien o que podemos disfrutar. Debería estar bien gritar un gol de la selección peruana y alegrarse porque disfrutamos del espectáculo. Así que como quiero que me resbale la mala onda, no pienso discutir con argumentos lógicos a los que se burlan del empate de ayer. Prefiero gastar mi tiempo comprometiéndome de nuevo a escribir. Porque, finalmente, debería estar bien hacer las cosas que a uno realmente le gustan.
septiembre 11, 2008
julio 21, 2008
Reina y castillo de naipes

Estoy molesta con todos los hombres buenos que han pasado por mi vida. Odio recordar cada frase linda. Odio las flores que mandaron alguna vez. Odio los mensajitos. Odio las llamadas sin motivo, tarde en la noche. Odio a todos los que iban a buscarme a la universidad solamente para almorzar un ratito conmigo. O a los que me han dejado miles de mensajes de voz si es que no les contestaba el teléfono porque estaba molesta. Me siento totalmente estafada. Me han entrenado para reina y el mundo me ha tirado la cachetada correspondiente. Bájate de tu trono. Ha sido un fin de semana raro. Tres días seguidos de desilusión en dosis extremadamente altas.
A este punto, como otras veces, no estoy muy segura de seguir escribiendo. Pero me queman las yemas de los dedos. Me duelen los nudillos. Me duelen los ojos y me jode la cara. La cara de cojuda que tengo que poner en la oficina para que no todos sepan que me estoy derritiendo por adentro. Por eso seguir escribiendo parece la mejor opción. Porque como me acaba de decir alguien: no puedes pedir que paren el mundo para que te bajes. No puedes decir: sorry quiero llorar un rato sin que me jodan.
Y hoy quiero llorar sin que me jodan. Y quiero decirle al mundo que estoy cansada de creer en lo que no veo. Estoy cansada de no poder dormir. Estoy harta de tirar amor por todos lados, perdóname Enmanuel y tu Toda la vida, de dejar malditos besos enganchados. Toda la vida haciendo esfuerzos y cambiando. Mejorando, evolucionando, madurando. Quiero irme a la reverenda mierda y que nadie me joda. Quiero dejar de hacer mi trabajo. Quiero jalar todos los cursos de la universidad. Y ya advertí: que nadie me joda.
Que nadie me pregunte por él hoy. Que nadie me diga que todo va estar bien. No quiero ver nuestras fotos ni recoger los pedacitos de mi ilusión. No quiero pensar en excusas para sentirme mejor. El amor le da tanta vida a la vida que de pronto cuando te lo quiebran hay una serie de muertes colectivas. Se te muere por varios días la sonrisa y cuando la intentas te sale una mueca horrible. Se te muere el sueño, se te muere el hambre. Se te muere la paciencia, el buen humor, las ganas de hacer feliz a los otros.
El proceso de que te rompan el corazón es una secuencia de cosas que se mueren. Al final, claro está, tú no te mueres. Pero el camino para entender eso no siempre es recto. Das tantas vueltas en tu cama que parece que las nauseas, la acidez o la deshidratación te van a matar. De pronto puede ser un retortijón o uno de esos suspiros que terminarán inevitablemente en llanto con hipo. Pero de que piensas que te mueres lo piensas. Eso minutos irracionales en los que sientes claramente que tu corazón se está acelerando tanto que es un infarto seguro.
Pero no nos morimos y hoy pienso que quisiera morirme un ratito no más. Un segundito sentada en una nube, en esa paz libre de toda necesidad que nos vienen ofreciendo hace siglos. No es que tenga tendencias suicidas ni nada. Solo quiero un día fuera del circuito de trabajo y familia y vida social y todo. Para regresar a mi misma y dejar de berrear porque las cosas no son como yo quiero y porque él no me llama o no me manda mensajes. Ni me construye mi castillo de reina, ni me pone la corona que tantas veces dijo ver en mi cabeza aunque nadie más la viera.
Mi castillo de naipes. Todas las relaciones son castillos de naipes. Hay que moverse con mucho cuidado. Un ventarrón te puedo tirar todo abajo. Un mal movimiento. Un tropiezo. También puede pasar, como me dijo la misma persona de hace un rato, que empieces a sacar cartas. Y tu castillo se hace cada vez más chiquito. Al final, pensé yo, te quedas durmiendo al aire. Tienes frío. Y te despiertas sola, escuchando a Amy Winehouse repitiéndotelo.
mayo 27, 2008
Línea Curva
Quiero dejar de ser yo. Quisiera escoger un sabor de helado y no tener que probar mil cucharitas. No sé si soy incoherente o solamente inmadura. Me falta definir tantas cosas y a la vez creo que mi naturaleza es mantener cierta indefinición. ¿Es necesario tener las cosas claras para avanzar en la vida? ¿El instinto y la espontaneidad pueden ser un timón seguro?
A veces quisiera que dejara de ser importante ser coherente. El problema es que el resto del tiempo me lo paso tratando de serlo. ¿Tiene algún sentido? Espero que no. En estos días me pregunto muchas cosas. ¿Soy racista? No. Pero me aventuro a opinar sobre Tula Rodríguez y Javier Carmona y pensar que ella la hizo linda, para luego reírme de las parodias que hace la tele sobre ellos. No soy racista pero muchos de mis pensamientos lo son y me los callo. Amo al Perú pero me trenzaría en una pelea a puñetes con cualquier microbusero, cobrador de combi o funcionario público. Amo al Perú pero ruego irme lejos, interdiariamente. Amo al Perú pero odio el olor a orín de algunas calles; aborrezco las excusas y los casi con los que nos consolamos los peruanos; reniego de la informalidad y la encumbrada “cultura chicha”.
Sin embargo, he salido a las calles con la cara pintada con mi banderita de Perú a repudiar al dictador vivo. Y he cantado en el extranjero nuestro himno con genuina nostalgia y sentimiento de pertenencia. Y me he quedado conversando en una calle de Huancavelica con peruanos que me han conmovido y me han hecho sentirme orgullosa de haber nacido por aquí. El amor por un país tan quebrado y dolido es una incoherencia de nacimiento. Y esa marca me persigue y me la trato de quitar pero es indeleble.
Es importante ser coherente no por miedo a la contradicción sino por respeto a la lealtad. Tal vez la fórmula sea dejar de querer tantas cosas, dejar de querer abarcarlo todo, tenerlo todo. Dinero, éxito, reconocimiento, tiempo para vivir y divertirse, amor, silencios y música… Nunca dejamos de querer cosas no nos damos cuenta de que muchas veces pedimos cosas que están en orillas opuestas. No quiero hacer dieta ni vivir obsesionada con mi peso, pero soy capaz de dejar de ir a una reunión si todos mis jeans me sacan el rollito flotador. Maldigo a los que no tienen fuerza de voluntad pero acabo de comprar unos complementos dietéticos que dicen que te ayudan a quemar grasas.
Quiero ser un olmo y dar peras en primavera. Quiero ir al concierto acústico que den Rubén Blades, Amy Winehouse y Plácido Domingo. No quiero perderme cuando canten en un maravilloso trío cualquier canción de los Beatles. En mi celular conviven Menudo y Silvio Rodríguez y me niego a admitir que puedo tener gustos un poco incoherentes. A veces cierro los ojos a lo heterogéneo de mi ser. Todos somos la suma de nuestros lados opuestos.
Es difícil exigirse seguir una línea toda la vida. Creo que dejarnos llevar de vez en cuando por el instinto más que por la norma puede ser interesante. Puede ser peligroso y frustrante también algunas veces. Enamorarse es una buena forma de caminar en zigzag: dudar siempre, tener certezas, acertar y equivocarse. Es rico darse el tiempo y la libertad de equivocarse, es valiente saber reírse de eso. No tomarnos tan en serio, permitir más, restringir menos. Para amarlo he querido dejar de ser yo misma, por ejemplo. He buscado convencerlo con discursos coherentes; he pretendido no extrañarlo a los cinco minutos de que se ha ido; me he quedado sin argumentos para perdonarlo pero con demasiadas ganas de hacerlo. Desde que lo amo he tenido más valor para ser incoherente.
P.D: Valga la aclaración incoherente no significa advenedizo, ni oportunista ni tránsfuga. Según la Real Academia de la Lengua Española coherencia es: 1) Conexión, relación o unión de unas cosas con otras.2) Actitud lógica y consecuente con una posición anterior.
A veces quisiera que dejara de ser importante ser coherente. El problema es que el resto del tiempo me lo paso tratando de serlo. ¿Tiene algún sentido? Espero que no. En estos días me pregunto muchas cosas. ¿Soy racista? No. Pero me aventuro a opinar sobre Tula Rodríguez y Javier Carmona y pensar que ella la hizo linda, para luego reírme de las parodias que hace la tele sobre ellos. No soy racista pero muchos de mis pensamientos lo son y me los callo. Amo al Perú pero me trenzaría en una pelea a puñetes con cualquier microbusero, cobrador de combi o funcionario público. Amo al Perú pero ruego irme lejos, interdiariamente. Amo al Perú pero odio el olor a orín de algunas calles; aborrezco las excusas y los casi con los que nos consolamos los peruanos; reniego de la informalidad y la encumbrada “cultura chicha”.
Sin embargo, he salido a las calles con la cara pintada con mi banderita de Perú a repudiar al dictador vivo. Y he cantado en el extranjero nuestro himno con genuina nostalgia y sentimiento de pertenencia. Y me he quedado conversando en una calle de Huancavelica con peruanos que me han conmovido y me han hecho sentirme orgullosa de haber nacido por aquí. El amor por un país tan quebrado y dolido es una incoherencia de nacimiento. Y esa marca me persigue y me la trato de quitar pero es indeleble.
Es importante ser coherente no por miedo a la contradicción sino por respeto a la lealtad. Tal vez la fórmula sea dejar de querer tantas cosas, dejar de querer abarcarlo todo, tenerlo todo. Dinero, éxito, reconocimiento, tiempo para vivir y divertirse, amor, silencios y música… Nunca dejamos de querer cosas no nos damos cuenta de que muchas veces pedimos cosas que están en orillas opuestas. No quiero hacer dieta ni vivir obsesionada con mi peso, pero soy capaz de dejar de ir a una reunión si todos mis jeans me sacan el rollito flotador. Maldigo a los que no tienen fuerza de voluntad pero acabo de comprar unos complementos dietéticos que dicen que te ayudan a quemar grasas.
Quiero ser un olmo y dar peras en primavera. Quiero ir al concierto acústico que den Rubén Blades, Amy Winehouse y Plácido Domingo. No quiero perderme cuando canten en un maravilloso trío cualquier canción de los Beatles. En mi celular conviven Menudo y Silvio Rodríguez y me niego a admitir que puedo tener gustos un poco incoherentes. A veces cierro los ojos a lo heterogéneo de mi ser. Todos somos la suma de nuestros lados opuestos.
Es difícil exigirse seguir una línea toda la vida. Creo que dejarnos llevar de vez en cuando por el instinto más que por la norma puede ser interesante. Puede ser peligroso y frustrante también algunas veces. Enamorarse es una buena forma de caminar en zigzag: dudar siempre, tener certezas, acertar y equivocarse. Es rico darse el tiempo y la libertad de equivocarse, es valiente saber reírse de eso. No tomarnos tan en serio, permitir más, restringir menos. Para amarlo he querido dejar de ser yo misma, por ejemplo. He buscado convencerlo con discursos coherentes; he pretendido no extrañarlo a los cinco minutos de que se ha ido; me he quedado sin argumentos para perdonarlo pero con demasiadas ganas de hacerlo. Desde que lo amo he tenido más valor para ser incoherente.
P.D: Valga la aclaración incoherente no significa advenedizo, ni oportunista ni tránsfuga. Según la Real Academia de la Lengua Española coherencia es: 1) Conexión, relación o unión de unas cosas con otras.2) Actitud lógica y consecuente con una posición anterior.
abril 15, 2008
SEÑALES DE HUMO
Me ha comido una vez más el silencio. He dejado en blanco muchos días este blog y me he divorciado de mis ideas para escribir. No tener computadora en mi mini casa ha sido una buena excusa. Mis arranques nocturnos de rabia escritora no han encontrado vehículo. O me he quedado pasmada tras mi renuncia al ministerio y mi regreso a la universidad. No lo sé. No se casi nada en los últimos días.
Renunciar a un lugar que más que un trabajo se había convertido en una cárcel no debería ser una experiencia traumática. Pero ponerte frente al desempleo una vez más, por decisión propia, siempre asusta. Buscar lo que quieres, seguir tu vocación, le dicen, es un proceso un poco autodestructivo. Avanzas y retrocedes, rechazas propuesta, cierras y abres puertas a velocidades de superhéroe. Pero te sientes chiquito, como el Ratón Pérez, que dicho sea de paso no estoy muy segura si es pariente de Speedy Gonzáles o son el mismo personaje. (Se agradecen aclaraciones)
Salir del ministerio fue sano pero peligroso, estoy de nuevo en la acera mirando los carros pasar y no logro subirme a ninguno. Estoy también en la universidad, con la consigna de acabar lo más pronto posible. Pero también con la idea de sacar provecho de los proyectos que me obligan a emprender. Escribir un libro, hacer una tesis, iniciar una campaña en los medios en contra del alcoholismo. Ya que tengo las balas debería empezar a disparar. Quizás logré cambiar la idea generalizada de que la universidad no sirve para nada.
O quizás me siga muriendo de miedo, en el silencio sin computadora ni Internet de mi casa. Sin escribir páginas del libro sobre César Hildebrandt que tanto entusiasma a mi profesor. Sin investigar sobre el control de los medios para mi tesis. Sin buscar elementos para denunciar a las empresas que llenan de alcohol la sierra del país, vendiendo productos no aptos para el consumo humano. Tal vez siga viendo, un día si y un día no, el juicio de Fujimori y leyendo libros sobre los crímenes de la Cantuta, como si en eso se me fuera la vida. Teniendo pesadillas con las cosas pendientes y los logros que no llegan. También soñando con los nueve estudiantes y el profesor que no sé qué vela cargan en mi entierro.
En estos días de borrascosa tranquilidad he querido escribir este post, aunque me empiezo a arrepentir por la incoherencia de mis frases. No veo un tema claro, no entiendo muy bien que he querido decirles. Tal vez solo he querido mandar mis señales de humo. Tal vez transportarme en estas letras me haga más sólida y real. ¿Será que siempre escribo para entenderme mejor?
Renunciar a un lugar que más que un trabajo se había convertido en una cárcel no debería ser una experiencia traumática. Pero ponerte frente al desempleo una vez más, por decisión propia, siempre asusta. Buscar lo que quieres, seguir tu vocación, le dicen, es un proceso un poco autodestructivo. Avanzas y retrocedes, rechazas propuesta, cierras y abres puertas a velocidades de superhéroe. Pero te sientes chiquito, como el Ratón Pérez, que dicho sea de paso no estoy muy segura si es pariente de Speedy Gonzáles o son el mismo personaje. (Se agradecen aclaraciones)
Salir del ministerio fue sano pero peligroso, estoy de nuevo en la acera mirando los carros pasar y no logro subirme a ninguno. Estoy también en la universidad, con la consigna de acabar lo más pronto posible. Pero también con la idea de sacar provecho de los proyectos que me obligan a emprender. Escribir un libro, hacer una tesis, iniciar una campaña en los medios en contra del alcoholismo. Ya que tengo las balas debería empezar a disparar. Quizás logré cambiar la idea generalizada de que la universidad no sirve para nada.
O quizás me siga muriendo de miedo, en el silencio sin computadora ni Internet de mi casa. Sin escribir páginas del libro sobre César Hildebrandt que tanto entusiasma a mi profesor. Sin investigar sobre el control de los medios para mi tesis. Sin buscar elementos para denunciar a las empresas que llenan de alcohol la sierra del país, vendiendo productos no aptos para el consumo humano. Tal vez siga viendo, un día si y un día no, el juicio de Fujimori y leyendo libros sobre los crímenes de la Cantuta, como si en eso se me fuera la vida. Teniendo pesadillas con las cosas pendientes y los logros que no llegan. También soñando con los nueve estudiantes y el profesor que no sé qué vela cargan en mi entierro.
En estos días de borrascosa tranquilidad he querido escribir este post, aunque me empiezo a arrepentir por la incoherencia de mis frases. No veo un tema claro, no entiendo muy bien que he querido decirles. Tal vez solo he querido mandar mis señales de humo. Tal vez transportarme en estas letras me haga más sólida y real. ¿Será que siempre escribo para entenderme mejor?
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