febrero 21, 2008

HELLO STRANGER...se nos acabó el tiempo



Alguna vez pensé que era mi mejor amigo. Muchas veces asumí que me conocía mejor que nadie en el mundo. Hoy me doy cuenta de que tengo que decirle gracias y chau.
De todas las personas que se nos cruzan en la vida son pocas a las que les apostamos tanto. Yo aposté a que él sería mi amigo hasta las últimas consecuencias, mi cómplice, mi alma gemela y mi polo opuesto.

Nos conocimos en Internet hace siete años. Creo que fue en latinchat. Recuerdo que yo aun tenía la conexión telefónica y las cuentas que llegaban a mi casa eran espeluznantes. Coincidimos alguna vez en el salón de peruanos del chat y nos mudamos al Messenger al poco rato. Gastamos incontables horas nocturnas conversando de lo que fuera. Conectamos ideas como en un juego de ludo en el que todas las piezas encajaban inmediatamente con el extremo de la anterior. Hicimos click.

Creo que viéndolo en retrospectiva era obvio que no llegaríamos a ser una buena pareja. Nuestra complicidad era tan sutil y la química era tal, que la física terminaría por sobrar en algún momento. Yo al menos lo creía así, casi todo el tiempo. Él era más reacio a entenderlo o tenía más fe en un nosotros romántico. Tuvimos mil caídas y recaídas por esas rutas. Nos odiamos, nos gritamos, nos hicimos trizas, pero nunca nos dejamos ir.

Nunca fui lo suficientemente valiente para exponerme de lleno a tener una relación con él, pero siempre quise cultivar eso tan poco común que teníamos. Creo que en el fondo me moría de miedo de perderlo. La verdad es que probablemente lo perdí por ese miedo. Desde el día, si es que hubo uno muy específico, en que se “desenamoró” de mi, nada fue lo mismo. El gran interés por escucharme, aunque fuera la misma historia mil veces, desapareció. El tiempo que le sobraba y las horas de sueño que no le importaban empezaron a ser demasiado importantes. El cariño con que me escribía mensajes de texto o me llamaba para saber si estaba bien, mutó en secas charlas por Messenger, siempre apurados.

Lo que más me ha sorprendido es que haya ocurrido como todo el mundo esperaba que ocurriera. Mil veces me dijeron que mi amistad estaba basada en la expectativa de una relación amorosa, que sin eso no sobreviviría. Me negué a creerlo. Puse todo de mi parte para que no fuera así porque tuve siempre claro que yo a mi Ratón lo quería de otra forma, de otras mil formas. Lo cierto es que no fue suficiente. No quiero decir que esto sea su culpa, porque soy consciente de que tengo muchas culpas acumuladas en el pasado.

Solo quiero decir que me duele tener que decir adiós para no seguir con una pseudo amistad que solo se alimentaba de promesas incumplidas de vernos y algunas charlas cibernéticas. Decir adiós porque ya no quiere escuchar mis quejas sobre mi chamba o mis pésimas ideas sobre cómo solucionarlas. Ya no tiene ganas de trasnocharse por conversar conmigo o darle de comer a un gato callejero que nos deje con la lata de atún vacía y las ganas de darle un hogar. Porque nunca tendremos otro jueves loco de irnos al karaoke tardísimo para salir tempranísimo renegando porque no cantamos lo suficiente.

Al final se ha roto el pequeño hilo que aun nos unía. Dejar de hablarnos es, simplemente, cristalizar lo que ya era evidente. Nos hemos perdido, no somos amigos y no creo que vayamos a serlo. A pesar de ser la persona que más me ha entendido y a la que más verdades le he revelado, no logramos cruzar el charco. Fuiste todo muchas veces para mí. Hoy simplemente me quedo con todas las canciones que musicalizaron nuestra historia. Con Dos en la ciudad y Un vestido y un amor de Fito, con Every little thing she does is magic de The Police, y todas esas que cantamos a gritos en tu carro.
Hemos sido capaces de sacar adelante una gran historia y es evidente que nunca podré escribirla como debería ser escrita.

febrero 14, 2008

NOTAS DEL DÍA DE SAN VALENTÍN




* Creo que fue en el 97 que fui al bowling de Miraflores un catorce de febrero. Cuando íbamos a cruzar la pista, a eso de las seis de la tarde, nos tiraron globos desde un edificio alto que está sobre lo que ahora es el Café Z. Más tarde ese día, un amigo del grupo con el que paraba en esa época me pidió tiernamente que "fuera su enamorada". Le dije que no. El Día de San Valentín no garantizó amor para ninguno de los dos.

* Una vez alguien atravesó toda la ciudad con un auto en estado de coma, al que tuvimos que ponerle agua a penas llegó a mi casa, solo para sorprenderme con un perrito de peluche, al que bautizamos como Duster, una linda tarjeta y chocolates. El ritual habitual del catorce de febrero.

* Recibo las flores más lindas del mundo con una tarjeta que dice: "Feliz día de la amistad hija, te quiero, con mis dos puños, tu viejo". Debe haber sido en el 99.

* Fui a Larcomar. Participé en un concurso de parejas con mi enamorado. Teníamos unos cuantos meses juntos. Éramos escolares. Nos dieron unas pizarritas blancas y plumones. A la pregunta, ¿cuál fue la primera playa a la que fueron como pareja?, los competidores número uno respondieron: Máncora. Nosotros respondimos: Sombrillas, en la Costa Verde. Acertamos algunas respuestas, pero evidentemente no ganamos. Nos dieron una vela verde y un osito marrón. El osito me mira desde el mueble que está al costado de mi cama desde hace ocho años.

* No estoy segura en qué año fui a Campaneando, el programa que tenía Gianmarco en canal 9. En esa época era chevere ir ahí pero no le vi, ni le veo, lo romántico al asunto.

* Hoy he recibido al menos cinco saludos, con beso no requerido incluído, por el día de la amistad de personas que jamás había visto y que, al parecer, trabajan en el mismo piso que yo.

* Este año escucho Caminando por Rosario del disco El mundo cabe en una canción de Fito Paez. No hay buenas noticias, no hay flores ni prospecto de buenos planes. No quiero volver a perderme en el mar de globos y flores de a sol en Miraflores. Solo es un día más. Pero aunque no soy afanosa de celebrar el día de San Tontín, si creo que hay momentos en los que cae bien un pretexto para celebrar y engreir. Lo mejor de mi día ha sido el olor de mi café y mi pan con tortilla de hot dog. Aunque todo suele mejorar cuando salgo del trabajo con la seguridad de que lo voy a ver. En la casa, ver una pela, comer algo, dormirnos abrazados, con los teléfonos apagados, lejos del mundo.

febrero 06, 2008

CHAMBA ES CHAMBA


A las seis de la mañana todavía se pueden encontrar algunos postes de luz prendidos. Todavía no están seguros si es de día o de noche. A las seis de la mañana todos los días son iguales, las personas que corren en el parque son las mismas, con los mismos perros adormilados y las mismas mallas deportivas. A esa hora lo único que está fuera de lugar soy yo.

Hoy es el cuarto día que mi despertador suena a las cinco y media de la madrugada y me despierto pensando que me he equivocado porque todavía es de noche. Me arrastro hasta el baño, me arrastro hasta el closet para sacar cualquier trapo que ponerme encima, me arrastro por las escaleras y me arrastro por la calle, cinco cuadras hasta la avenida Salaverry.

Mientras me alejo de mi casita pienso en las mañanas ricas que he disfrutado cuando no tenía trabajo. Pienso en las mañanas ricas que disfrutaba cuando tuve mejores horarios. Pero también pienso en la frustración que sentía cuando no hacía nada. Me consuelo mientras me duermo apoyada en el panel de publicidad del paradero.

Me pregunto si las personas que aman su trabajo asumen mejor los sacrificios que este implica. Yo odio mi trabajo. Algunos días más que otros pero en líneas generales, no me gusta. Me pagan bien, digamos, para alguien que aun debe algunos cursos en la universidad. Me tratan bien, bueno casi todos. Pero no estoy en el lugar que siento me corresponde.

Estudio periodismo, quiero ser periodista y siento que es lo único que amo hacer en realidad. Sin embargo, trabajo en un ministerio. Hago notas de prensa en las que no puedo imprimir ni un poco de estilo ni información enriquecedora. Solo lo que interesa al sector, excluyamos las noticias negativas hacia el ministro, démosle facilidades a la prensa. No se en qué momento empecé a referirme a los periodista como “ellos”, cuando siempre sentí que yo era una.

¿No se pasan más lentas las horas cuando no te gusta lo que haces? ¿No da más hambre o ganas de comer el estar aburrido? Lo que más disfruto es salir de la oficina, ir a alguna comisión, prender mi grabadora y fingir que voy a hacer una nota informativa chévere. Pero al mismo tiempo me siento un bicho raro, trabajando entre los periodistas pero sin serlo totalmente. Mirándolos desde el otro lado del espejo.

Es difícil conseguir trabajo en el Perú. Me consta. Me he pasado muchos meses sin trabajar, yendo a entrevistas improductivas, sin plata y deprimida. No tener trabajo puede ser muy agotador. Las miles de horas pensando en las posibilidades, las llamadas a todos los conocidos que te pudieran ayudar, las interminables horas de insomnio haciendo presupuestos de aire.

PERIODISTA MINISTERIAL
Ser parte del equipo de prensa del ministerio de Salud y tenerle fobia a los hospitales es una ironía poco divertida. Que tu primera comisión sea en un pabellón de niños quemados es demasiado cruel. Aunque llevarles a esos niños que lloraban y pedían a su mamá unos cuentos fue lo más gratificante de la semana antepasada. Esa ilusión de que se puede ayudar a la gente puede darnos un empujón para seguir en un trabajo que, a veces no es tan gratificante como se quisiera.

Hoy pude salir de nuevo de comisión. Hoy dieron de alta a Richard Nina, sobreviviente del infame derrumbe de una pared en La Victoria. Hoy fui al hospital Dos de Mayo dispuesta a hacer mi labor de prensa oficial pero con todas las ganas de olvidarme del chaleco del Minsa y reportear libremente.

En esas andaba, entrevistando a Richard Nina y ordenando a la prensa para que no se arme un alboroto en plena sala de rehabilitación, cuando de repente me atropelló el moreno reportero del canal 5. Lo increíble del caso es que efectivamente se apellida Morocho el maleducado y agresivo periodista que me pasó por encima y respondió con agresiones cuando le pedí discretamente que continuara su entrevista afuera, como habíamos quedado con todos los otros canales.

La ira llegó a su punto máximo cuando este sujeto me empujó y amenazó con la infantil frase ya vas a ver. Preguntó mi nombre e inmediatamente llamó a alguien, me imagino que para acusarme. La triste escena me hizo sentir enajenada del periodismo una vez más en el día. Ya no por no estar en un medio o por no tener la libertad de escribir una historia. Me hizo sentir fuera del círculo de los periodistas que se deshumanizan y que creen que conseguir la nota para el noticiero de las diez justifica tratar mal a la gente, meterse a la mala o impedir que pacientes de un hospital sean atendidos.

Pero como siempre digo, el periodismo es mi vida. No lo puedo evitar. Pero lo que si puedo evitar es dejar de ser persona por ser periodista

enero 28, 2008

CUADRA 31



Vivo sola hace trece meses y veintitrés días. No fue algo muy planificado. Mi papá iba dejar la casa donde vivíamos por un departamento y yo pensé que se abría un camino para mí. Se lo dije y no le pareció nada raro. Si consigues algo bueno está bien. Me entusiasmé y me dediqué a llamar a todos los avisos del periódico para conseguir un sitio. No conseguí algo bueno pero decidí que ya no había regreso.

Los primeros tres meses fueron terroríficos. O al menos mi primera morada lo fue. Me mudé a un cuarto dentro del más lúgubre departamento de San Borja. Tenía una ventana grande y un closet de madera enormemente viejo, repleto de cajones y compartimentos. La vista desde mi tercer piso de la independencia daba a la psicodélica avenida Aviación.

Era la cuadra 31. Mi edificio tenía un color completamente imposible de identificar. Podría haber sido amarillo o blanco pero el smog se había ensañado de tal forma con él que quién sabe. Cuando llegué las paredes de mi cuarto eran verdes o eso creo recordar. Decidí pintarlas de azul y amarillo. Muy Boca Juniors ahora que lo pienso. Él trajo su escalera y yo pedí prestados unos rodillos, un par de tardes fueron suficientes para terminar.

No había mucho más. Cuatro paredes, una ventana y una puerta. Mi cama que comenzó a multiplicar su tamaño ante la soledad. Mis ceniceros limpios. Mi tele sobre el escritorio. Llegué a sentir que me decía que no vuelva a escribir. Mis libros en maletas, mi ropa en cajas. El ruido de la avenida que me despertaba todos los días, a eso de las seis de la mañana. El cobrador con una voz envidiablemente potente y sus rutas increíblemente largas.

Tenía cuatro compañeros de departamento. La número uno tenía el cuarto más cercano a la puerta. Era una chica de unos veinticinco años, alta, delgada y de cabello negro y largo. Una especie de Sarita Colonia fashion, que va al gimnasio y toma batidos quema grasas. Estoy casi segura de que no intercambié más de cinco palabras con ella. Dos de las cuales fueron reclamos suyos ante mis intentos de darle un olor agradable al departamento. Era alérgica a todos los desodorantes de ambiente. Resultó que lo de Sarita podía ser un buen apodo pero sin Colonia.

El del cuarto número tres—el dos estaba desocupado—era un señor de unos setenta años. La casera me había comentado que era su persona de confianza en el departamento y que vivía ahí desde hace seis o siete años. No tenía familia conocida, al menos no por ella, y se llevaba muy bien con todos los inquilinos. Su presencia me perturbó un poco. Era un tipo que andaba bastante desaliñado y siempre con una media sonrisa que no me generaba confianza. Su cuarto era el resumen del mercado central. Lo sé porque las cosas se desbordaban de tal manera que solo cerraba su puerta para dormir. Logré ver que tenía un closet de esos de plástico, una mesa plegable blanca, dos mesitas de noche, una cama pequeña tipo Comodoy, afiches y fotos que cubrían casi todas las paredes y múltiples objetos no identificados regados por el piso.
Siempre me saludaba, el señor solitario: Buenos días señorita. Y la sonrisa medio chueca que me ponía nerviosa.

En el cuarto número cuatro vivía el hobbit musculoso. Creo que se llamaba Renato y tenía unos veintitantos años. Su ventana estaba al lado izquierdo de la mía y el aire siempre se encargaba de traerme sus nubes verdes y olorosas. Sufría de severos ataques de risa y siempre tenía los ojos como quien se acaba de despertar. Solíamos cruzarnos camino al baño. Yo tenía mi baño personal. Él lo compartía con el señor del tres.

Mi baño personal, elemento básico de la dignidad humana, tenía una ducha eléctrica. Yo, la verdad, nunca había usado una. La casera me explicó cómo usarla y yo creo que debí tomar nota. La tercera o cuarta vez que trate de bañarme en mi súper baño personal intenté, dentro de la ducha y totalmente mojada como es evidente, cerrar un poco el agua caliente. Me pasó una carga eléctrica que casi me bota al piso. Lo juro, me dolió de alma. El siguiente incidente fue más simpático. Ya aleccionada por la carga eléctrica, ya veo porque la usan los torturadores, fui muy cuidadosa todas las veces que me bañaba y procuraba no tocar nada y mantenerme al centro de la ducha y moverme lo mínimo. Sin embargo, un día la chúcara ducha decidió explotar sobre mi cabeza sin motivo ni razón.

Sé que los que me conocen deben estar pensando que algo hice yo para que eso ocurriera. No hice nada, el aparato simplemente sonó fuerte, empezó a chispear y luego humo con olor a plástico quemado. No se si eso califica como explosión pero yo me asusté como si lo fuera. Tanto me asusté que salí corriendo del baño, mojada y calata, como Pedro por su casa. Solo que esta casa la compartía con unos Pedros que eran unos reverendos extraños. Mi compañero de casa, el hobbit musculoso, hizo el ademán de no ver. Estoy segura que me vio y que esa imagen lo hizo reír muchas veces en tardes aburridas.


No contenta con pasearme calata, mojada y creo que gritando por el departamento más lúgubre de San Borja. Un día decidí ir al baño, en pijama veraniega y sin zapatos, y dejar la llave del cuarto dentro. Felizmente, había sacado mi celular. Pero como yo soy yo, no tenía línea. Estaba en el baño del departamento con mi cuarto cerrado con llave, sin la llave, en pijama, sin zapatos, sin plata y sin línea. No me quedó más que esperar. Esperar que alguien me llame y poder pedir auxilio. La verdad se me caía la cara de vergüenza para pedir ayuda a alguno de mis vecinos.

Ya tenía una media hora en el baño cuando me llamó mi buen amigo el Ratón. Creo que tuvo el buen tino de no burlarse de mi historia y llamó a mi papá para visarle que su avispada hija estaba en problemas. Una hora después llegó mi papá con un cerrajero al que casi había secuestrado, porque un domingo en la mañana hasta los cerrajeros quieren descansar. El señor hizo su trabajo pero con demasiada conversación del tipo Señorita no debería salir así no más sin llave o mejor aún la típica frase Por eso no debe vivir sola pues señorita, es peligroso.

He escuchado mil veces frases de ese tipo. He tenido mil problemas viviendo sola. He sufrido para pagar recibos y cuentas. He pedido plata prestada. He almorzado canchita. He perdido incontables juegos de llaves, me he quedado en la calle. He hablado sola o con algún cantante, actor o periodista de la televisión. He disfrutado escuchando música a todo volumen, bailando cantando y haciendo las mímicas respectivas con el desodorante como micrófono.

He sido y soy feliz viviendo sola. Quiero mucho a mi mamá y a mi papá. Creo que ellos me quieren mucho también. Por eso no entiendo porqué la gente me pregunta con una mezcla de pena y preocupación: ¿Por qué vives sola? Vivo sola porque lo decidí, porque a pesar de los problemas lo he podido llevar a cabo. He pensado mucho en porqué vivo sola y la verdad no encontré ninguna explicación profunda.

Mientras escribía escuché muchas veces a Fito cantar Naturaleza Sangre, me pareció una buena canción para estar sola.