Tú me hiciste creer muchas cosas malas. Me hiciste creer que siempre que voltera los ojos estarías ahí. En tu carro persiguiendo un micro por la Javier Prado. Encontrándome a mitad de camino, para rescatarme de un mortal dolor de cabeza. Creer que siempre escribiríamos a cuatro manos. Al punto de que mis manos se sienten huérfanas de ser solamente dos. Creer que era normal salir un lunes a las 3 de la madrugada solamente porque no podía dormir o pensaba que mis demonios no nos podría seguir si íbamos volando en el auto, escuchando música a todo volúmen. Siempre MI música. Y que podía ser siempre tú "Chica de humo", tú "Princesa de la boca de fresa", tú "Caramelo". Todas y ninguna. Tuya y lejana. Sin que eso debilite nunca tu amor.
Me hiciste creer que la gente baila en las salas y las cocinas de las casas, a solas, acompañados por un buen cd. Porque "verme bailar es un placer", porque "verte feliz me hace feliz" y porque el amor es dar todo lo que puedas al otro sin que te lo pida. Porque vale la pena. Vale la pena estar ahí en las malas porque las buenas son imposibles de narrar. Tú cambiando una llanta y un beso inesperadamente feliz. Tú en la puerta con girasoles gigantes. Un beso desesperado mientras te canto al oído.
Tú me hiciste creer que estaba bien cantar a voz en cuello delante de la gente. Dedicarnos canciones y que nos aplaudan mientras otro beso imprudente nos unía más. Me hiciste creer que podía ser la más hermosa mujer en pijama que nadie hubiera visto. Me hiciste creer que era necesario y urgente correr a rescatarme de cada tristeza, de cada desaliento, de cada derrota.
Hoy estás a medio continente y un océano de distancia. Hoy no creo en nada de lo que creí cuando estabas tú. Hoy te veo en toda tu dimensión. Y extraño creer que seríamos como los de las canciones, como los de las películas. Hoy quisiera haberte dado más besos locos e inesperados. Menos días grises, menos angustias. Quisiera creer que SIEMPRE ES HOY y que estás aquí. Como tantas veces. Creer que estás a una llamada, a un mensaje, a una sonrisa de distancia. Pero no estás. Y ¿sabes qué? Resulta que estoy sola. Estoy muy sola sin ti. Resulta que hoy quiero ser la chica divertida y feliz que siempre quisiste ver en mi. Pero estoy sola. Y no hay girasoles que me hagan sonreir.
Pero me quedan las cosas que me regalaste. Me regalaste a Jorge Drexler, cuando no era el más popular de los menos populares cantautores en Lima. Me regalaste a Rubén Blades, Juan Luis Guerra y Robi Draco, en vivo y en directo en tu sala. Los primeros cds con canciones bajadas de Internet también me los regalaste tú. Me diste unos aretes de lapizlázuli y un cofre de piedra gris. Me transportaste a mi pasado en un concierto inolvidable de Pandora. Me regalaste mi libertad al dejarme ser yo, sin máscaras, sin mentiras ni rodeos. Me regalaste el privilegio de ser amada simplemente por lo que soy. Y entre otras miles de cosas: Me hiciste creer que todo lo que vivimos era posible.
noviembre 06, 2009
octubre 12, 2008
Ideas en una libreta
Domingo. Once de la mañana. Sentada en las escaleras de la Catedral. Ya pasaron más de veinticuatro horas y aun estoy procesando. No he logrado dejar de pensar. Ayer logré dormir a la una y media. A los dos y cuarto me desperté. No volví a dormir.
En el Centro de Lima, a las once de la mañana de un domingo, me siento menos fuera de lugar que en la casa. La gente toma fotos. Se ríen. Cargan a sus hijos. La vida me rodea. Me mira de reojo. En la casa el aire se ha quedado estancado. La vida se ha pasmado y no la miro ni de reojo.
Una señora con hábito morado me pregunta dónde está la Plaza de Armas. Le dije que también la buscaba. Caminamos juntas en silencio. Ella entró a la Catedral. Yo me quedé en las escaleras. No sé si ella haya encontrado lo que buscaba. Yo sigo aquí y espero.
Piensa en las mil barreras que hemos roto. Pienso que antes he pensado que todacía se puede una más. Puede que sea la barrera del silencio la última.
Me duele la pierna. Mi cadera hace crack crack. No importa. He llegado al Santuario de Nuestra Señora de la Soledad. Está en reparación. Han organizado una venta de viandas profondos. La Iglesia de San Francisco está intacta. Las Catacumbas. Entrar hasta el centro de la tierra para ya no salir. Mejor correr y hacer volar a las palomas.
Siento frío, Siento una especie de acidez en la boca. Estoy ocupada. Soy funcional. Hablo, camino, cargo cosas, pregunto, grabo. Pero esa maldita acidez no se me quita. Me siento en el Parque de la Muralla. Gente, luz, de nuevo la vida.
En el Centro de Lima, a las once de la mañana de un domingo, me siento menos fuera de lugar que en la casa. La gente toma fotos. Se ríen. Cargan a sus hijos. La vida me rodea. Me mira de reojo. En la casa el aire se ha quedado estancado. La vida se ha pasmado y no la miro ni de reojo.
Una señora con hábito morado me pregunta dónde está la Plaza de Armas. Le dije que también la buscaba. Caminamos juntas en silencio. Ella entró a la Catedral. Yo me quedé en las escaleras. No sé si ella haya encontrado lo que buscaba. Yo sigo aquí y espero.
Piensa en las mil barreras que hemos roto. Pienso que antes he pensado que todacía se puede una más. Puede que sea la barrera del silencio la última.
Me duele la pierna. Mi cadera hace crack crack. No importa. He llegado al Santuario de Nuestra Señora de la Soledad. Está en reparación. Han organizado una venta de viandas profondos. La Iglesia de San Francisco está intacta. Las Catacumbas. Entrar hasta el centro de la tierra para ya no salir. Mejor correr y hacer volar a las palomas.
Siento frío, Siento una especie de acidez en la boca. Estoy ocupada. Soy funcional. Hablo, camino, cargo cosas, pregunto, grabo. Pero esa maldita acidez no se me quita. Me siento en el Parque de la Muralla. Gente, luz, de nuevo la vida.
septiembre 11, 2008
Debería estar bien...
Mi grito de gol de ayer ha sido un exorcismo. He gritado contra la mala onda y el pesimismo. He gritado contra una semana rara llena de tiempos muertos y sensaciones de vacío. He sido feliz gritando todo mi repertorio de lisuras en el estadio. Nadie me va quitar la sonrisa con la que salí luego de ver un gol arrebatado a la mala suerte, la mediocridad y el derrotismo. Los pincha globos no me van a encontrar hoy así que ni me busquen. La tengo clarísima: no hemos ganado nada concreto en el partido de ayer. Solamente un grito de euforia en miles de gargantas y una sensación de decencia deportiva que en otros deportes vemos siempre pero que en el fútbol extrañábamos.
El fútbol es un juego. Pero debe ser el juego más apasionante que se haya inventado. Noventa minutos en los que se pueden contar mil historias en las que no siempre el más fuerte tiene que ganar. Historias en la que un solo hombre puede emocionar a miles solo por ponerle un poco más de coraje a lo que hace. Ayer no dije una de esas frases horrendas y melosas de los comentaristas de canal 4 o 9. No pensé ni por un segundo que el empate tiene sabor a victoria. Simplemente sentí que la vida es tan fea, tan dura y tan complicada que noventa minutos de emoción y veinte segundos de alegría explosiva no pueden rechazarse.
Después de dos meses de no escribir ni una línea he decidido escribir. He decidido también empezar a ponerle más huevos a la vida. Porque en este momento siento que quiero correr como corrió ayer el Loco Vargas por la banda izquierda y rebelarme contra tanta monotonía y sacarme de encima la modorra. No pienso seguir mirando desde la banca cómo la vida la viven los otros mientras yo corro del trabajo a la universidad y a la cama sin ningún otro motor que cumplir con lo que TENGO que hacer.
Creo que voy a desintoxicarme del mal humor y del escepticismo. Voy a darme la oportunidad de que me digan monga por creer en cosas difíciles, por ver películas que terminan en el típico final feliz y por escuchar canciones pegajosas que prometen que todo te irá bien. La verdad últimamente la gente que se dice inteligente tiene esta onda de que hay que ser REALISTA. Y REALISTA significa vivir sin ninguna emoción por nada, renegando de todo y evitando cualquier experiencia no grata o trabajo interior. Nada de estarse analizando o pensando en ilusionarse con posibilidades de cosas poco factibles.
La verdad es que ya me ha dado reverenda flojera seguir todas esa indicaciones de la persona racional y exitosa. Me da la gana de dejarme soñar un poquito y pensar que a veces puede ser rico gritar Sí se puede en un estadio y realmente creerlo. Y dejar de pensar que la vida es solamente un conjunto de cosas que uno hace con el objetivo de conseguir otros objetivos que son recontra importantes para ser exitoso, platudo y respetado en la vida. Me provoca meterme a clases de baile, ir al teatro, a la playa a tirar piedritas y a nadar con los lobos de mar por no sé qué isla de la costa limeña.
Y quiero cagarme de risa en el micro, después de estar parada desde Primavera hasta la Brasil. Quiero hacerme la loca cuando sea 2 de septiembre y en mi cuenta queden treinta lucas y tenga que esperar la quincena comiendo pan con pan. Porque de vez en cuando debería estar bien ignorar las cosas que nos salen mal y enfocarnos en las cosas pequeñitas que nos pueden salir bien o que podemos disfrutar. Debería estar bien gritar un gol de la selección peruana y alegrarse porque disfrutamos del espectáculo. Así que como quiero que me resbale la mala onda, no pienso discutir con argumentos lógicos a los que se burlan del empate de ayer. Prefiero gastar mi tiempo comprometiéndome de nuevo a escribir. Porque, finalmente, debería estar bien hacer las cosas que a uno realmente le gustan.
El fútbol es un juego. Pero debe ser el juego más apasionante que se haya inventado. Noventa minutos en los que se pueden contar mil historias en las que no siempre el más fuerte tiene que ganar. Historias en la que un solo hombre puede emocionar a miles solo por ponerle un poco más de coraje a lo que hace. Ayer no dije una de esas frases horrendas y melosas de los comentaristas de canal 4 o 9. No pensé ni por un segundo que el empate tiene sabor a victoria. Simplemente sentí que la vida es tan fea, tan dura y tan complicada que noventa minutos de emoción y veinte segundos de alegría explosiva no pueden rechazarse.
Después de dos meses de no escribir ni una línea he decidido escribir. He decidido también empezar a ponerle más huevos a la vida. Porque en este momento siento que quiero correr como corrió ayer el Loco Vargas por la banda izquierda y rebelarme contra tanta monotonía y sacarme de encima la modorra. No pienso seguir mirando desde la banca cómo la vida la viven los otros mientras yo corro del trabajo a la universidad y a la cama sin ningún otro motor que cumplir con lo que TENGO que hacer.
Creo que voy a desintoxicarme del mal humor y del escepticismo. Voy a darme la oportunidad de que me digan monga por creer en cosas difíciles, por ver películas que terminan en el típico final feliz y por escuchar canciones pegajosas que prometen que todo te irá bien. La verdad últimamente la gente que se dice inteligente tiene esta onda de que hay que ser REALISTA. Y REALISTA significa vivir sin ninguna emoción por nada, renegando de todo y evitando cualquier experiencia no grata o trabajo interior. Nada de estarse analizando o pensando en ilusionarse con posibilidades de cosas poco factibles.
La verdad es que ya me ha dado reverenda flojera seguir todas esa indicaciones de la persona racional y exitosa. Me da la gana de dejarme soñar un poquito y pensar que a veces puede ser rico gritar Sí se puede en un estadio y realmente creerlo. Y dejar de pensar que la vida es solamente un conjunto de cosas que uno hace con el objetivo de conseguir otros objetivos que son recontra importantes para ser exitoso, platudo y respetado en la vida. Me provoca meterme a clases de baile, ir al teatro, a la playa a tirar piedritas y a nadar con los lobos de mar por no sé qué isla de la costa limeña.
Y quiero cagarme de risa en el micro, después de estar parada desde Primavera hasta la Brasil. Quiero hacerme la loca cuando sea 2 de septiembre y en mi cuenta queden treinta lucas y tenga que esperar la quincena comiendo pan con pan. Porque de vez en cuando debería estar bien ignorar las cosas que nos salen mal y enfocarnos en las cosas pequeñitas que nos pueden salir bien o que podemos disfrutar. Debería estar bien gritar un gol de la selección peruana y alegrarse porque disfrutamos del espectáculo. Así que como quiero que me resbale la mala onda, no pienso discutir con argumentos lógicos a los que se burlan del empate de ayer. Prefiero gastar mi tiempo comprometiéndome de nuevo a escribir. Porque, finalmente, debería estar bien hacer las cosas que a uno realmente le gustan.
julio 21, 2008
Reina y castillo de naipes

Estoy molesta con todos los hombres buenos que han pasado por mi vida. Odio recordar cada frase linda. Odio las flores que mandaron alguna vez. Odio los mensajitos. Odio las llamadas sin motivo, tarde en la noche. Odio a todos los que iban a buscarme a la universidad solamente para almorzar un ratito conmigo. O a los que me han dejado miles de mensajes de voz si es que no les contestaba el teléfono porque estaba molesta. Me siento totalmente estafada. Me han entrenado para reina y el mundo me ha tirado la cachetada correspondiente. Bájate de tu trono. Ha sido un fin de semana raro. Tres días seguidos de desilusión en dosis extremadamente altas.
A este punto, como otras veces, no estoy muy segura de seguir escribiendo. Pero me queman las yemas de los dedos. Me duelen los nudillos. Me duelen los ojos y me jode la cara. La cara de cojuda que tengo que poner en la oficina para que no todos sepan que me estoy derritiendo por adentro. Por eso seguir escribiendo parece la mejor opción. Porque como me acaba de decir alguien: no puedes pedir que paren el mundo para que te bajes. No puedes decir: sorry quiero llorar un rato sin que me jodan.
Y hoy quiero llorar sin que me jodan. Y quiero decirle al mundo que estoy cansada de creer en lo que no veo. Estoy cansada de no poder dormir. Estoy harta de tirar amor por todos lados, perdóname Enmanuel y tu Toda la vida, de dejar malditos besos enganchados. Toda la vida haciendo esfuerzos y cambiando. Mejorando, evolucionando, madurando. Quiero irme a la reverenda mierda y que nadie me joda. Quiero dejar de hacer mi trabajo. Quiero jalar todos los cursos de la universidad. Y ya advertí: que nadie me joda.
Que nadie me pregunte por él hoy. Que nadie me diga que todo va estar bien. No quiero ver nuestras fotos ni recoger los pedacitos de mi ilusión. No quiero pensar en excusas para sentirme mejor. El amor le da tanta vida a la vida que de pronto cuando te lo quiebran hay una serie de muertes colectivas. Se te muere por varios días la sonrisa y cuando la intentas te sale una mueca horrible. Se te muere el sueño, se te muere el hambre. Se te muere la paciencia, el buen humor, las ganas de hacer feliz a los otros.
El proceso de que te rompan el corazón es una secuencia de cosas que se mueren. Al final, claro está, tú no te mueres. Pero el camino para entender eso no siempre es recto. Das tantas vueltas en tu cama que parece que las nauseas, la acidez o la deshidratación te van a matar. De pronto puede ser un retortijón o uno de esos suspiros que terminarán inevitablemente en llanto con hipo. Pero de que piensas que te mueres lo piensas. Eso minutos irracionales en los que sientes claramente que tu corazón se está acelerando tanto que es un infarto seguro.
Pero no nos morimos y hoy pienso que quisiera morirme un ratito no más. Un segundito sentada en una nube, en esa paz libre de toda necesidad que nos vienen ofreciendo hace siglos. No es que tenga tendencias suicidas ni nada. Solo quiero un día fuera del circuito de trabajo y familia y vida social y todo. Para regresar a mi misma y dejar de berrear porque las cosas no son como yo quiero y porque él no me llama o no me manda mensajes. Ni me construye mi castillo de reina, ni me pone la corona que tantas veces dijo ver en mi cabeza aunque nadie más la viera.
Mi castillo de naipes. Todas las relaciones son castillos de naipes. Hay que moverse con mucho cuidado. Un ventarrón te puedo tirar todo abajo. Un mal movimiento. Un tropiezo. También puede pasar, como me dijo la misma persona de hace un rato, que empieces a sacar cartas. Y tu castillo se hace cada vez más chiquito. Al final, pensé yo, te quedas durmiendo al aire. Tienes frío. Y te despiertas sola, escuchando a Amy Winehouse repitiéndotelo.
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